El Cultivador

Es duro que te priven de tu libertad, pero me armé de valor. Pensé que era el momento ideal para leer y ver todas esas series que nunca había podido. También me puse a estudiar inglés. Seguí escribiendo en mi diario y, por supuesto, seguía conectada con los míos a través de las redes sociales. Los baños de espuma en el jacuzzi y mi imaginación volando también hicie- ron su efecto. Además, tenía algunos juguetes eróticos por si la imaginación no era suficiente y necesita algo más, digamos, tangible. El chico del balcón de al lado Una de las noches salí fuera, sobre las 3 de la mañana, porque no me podía dormir. Habían pasado dos sema- nas y, aunque ahora sí que bajaba a comprar algunas cosas a las tiendas del barrio y seguía haciendo gestiones durante unas horas al día para el bufete en el que trabajaba, resultaba cada vez más agobiante estar encerrada. En otro balcón, bajo la luz tenue de unas velas, escuché sutiles gemidos que evidenciaban que no era la única en el vecindario que no podía dormir, aunque en este caso los insomnes esta- ban pasando mejor rato que yo. Reconocí la cabeza de una chica apo- yada contra la pared. Su pareja, o compañero de piso o su amigo de con- finamiento (inserta cualquier hipótesis aquí) se la metía por detrás en un movimiento bastante rítmico. Intenso, pero sin ser brusco. - Las ganas son las ganas, por mucha cuarentena que haya. La voz me llegó desde el balcón de la habitación de al lado. Yo estaba fumán- dome un porro, en camiseta de tirantes y bragas. La verdad, no esperaba encon- trar compañía a esas horas. - Ese cigarrito te está sabiendomejor que a mí el mío. - No te lo puedo pasar por el tema del contacto cero, pero te puedo dejar un poco de yerba para que me acom- pañes si quieres. Guardé un poquito en una bolsa y se lo tiré a su balcón. Su voz… eso era Se llamaba Alejandro. No era guapo ni feo. Me gustaban sus ojos, muy profundos y terrosos. Y su nariz grande y afilada salpicada de pecas. Tenía el pelo revuelto y surcado de canas. Tenía algo. Algo recóndito en ese aire de hombre de negocios que viaja solo y que, probablemente, tiene una familia en alguna parte. Pero no era su físico lo queme gustaba. Probablemente, nunca me hubiera fijado en él de haberlo conocido por la calle. Era su voz. Sí, eso era. Su voz ancestral de hombre de las cavernas. Su voz rota y quebrada como la que se te queda cuando respondes a una mala noticia 78 diario de Carmina La voz me llegó desde el balcón de la habitación de al lado. Yo estaba fumándome un porro

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