El Cultivador

E l tiempo en fa soste- nido, círculos de humo sobrevolando mi cabeza y convirtiendo las nubes en bolas de algodón. Un balcón lleno de jazmines amarillos que se transformó en el templo donde tra- bajaba, leía, estudiaba y fumaba marihuana. El confinamiento supuso para mí un alto en el camino y una oportuni- dad para dialogar conmigo misma y repensar mi vida en un pequeño espacio desde el que se veía la solitaria calle Aribau. Mis únicos compañeros habían sido mis vecinos de balcón, auténticos desconocidos queme habían contado sus historias y a los que yo les había contado la mía. Mi historia… Pero, ¿cómo iba a seguir escribiendo yo esa historia después de todo lo que había pasado? El viaje a Costa Rica, donde conocí la libertad, y por supuesto la pandemia, habían acti- vado enmi una voz interior que fluía desordenadamente como las crecidas de un río. Y era imparable. Mi pensamiento, todo lo que quería hacer, la forma de ver la vida y lo que realmente importaba... algo había cambiado para siempre. Tenía claro que necesitaba com- plementar mi trabajo en el bufete de abogados de mi padre con algo más. Entonces, me di cuenta de que era el momento de hacer eso que siempre había querido. Hacerse la pregunta correcta… “¿Qué es lo que más deseas hacer el mundo?”, me pregunté. Obtuve la respuesta al instante: “Escribir”. Sí, ese había sido siempre mi sueño. De hecho, siempre lo había hecho, pero ahora la idea cobraba fuerza y yo me sentía valiente para iniciar un verdadero proyecto que llevara mis historias un poco más lejos. Pero, ¿escribir sobre qué? Bueno, ya lo decidiría. Lo importante era saber que quería hacerlo. Lo único que tenía claro es que quería aportar valor de alguna manera, no escribir sobre algo trivial. Pero antes voy a contar un poco cómome encontréMadrid ami vuelta de Barcelona. Las huellas de la pandemia eran visibles por donde quiera que pasaras. El bar de Paco, por ejemplo, había cerrado por la imposibilidad de seguir pagando el alquiler. Paco, ese barman -psicólogo que siempre me ponía dos aceitunas en el vermú con la tapita de calamares. Amí, su Carmina, “su chica favorita” que encontró en él ese cariño paternal que mi propio padre nunca me había dado. A Paco le contabamis amoríos, mis días incansables en el bufete, mi deseo de viajar y descubrir el mundo o mi soledad. Sí, esa que a veces aprieta y duele y asusta. Paco siempreme decía: “Carmina, aprende a estar contigo misma. Esa es la única compañía que nunca te va a fallar, así que asegúrate de que te miras al espejo y te sientes cómoda”. En el barrio de Goya, donde tenía yo mi estudio en aquellos tiempos, todo tenía un color diferente; un sin color, más bien, un sabor a nada. “Madrid ya no me mata”, pero vol- veremos a encontrarnos más allá del tiempo esquilmado y de una historia en el aire a la que hemos puesto tres puntos suspensivos… Reencuentro con Aura Lo primero que hice al volver a Madrid fue llamar a Aura, mi amor de la infancia. Había pensandomucho en ella durante el confinamiento… y en lo que me había pedido antes de que todo esto estallara. Aura trabajaba para una ONG que estaba investigando a algunas empre- sas relacionadas con la explotación de mujeres mexicanas. Se trataba de empresas que regen- taban una red de discotecas en la 76 diario de Carmina Un balcón lleno de jazmines amarillos que se transformó en el templo donde trabajaba, leía, estudiaba y fumaba marihuana Llegué aMadrid después de haber pasado unas semanas confinada en la habitación de un hotel con vistas en Barcelona. La vuelta a la vida normal y el deseo de ser escritora Texto: Isabel Peláez Fotos: Luis Campillo Modelo: Rebecca Sjölander

RkJQdWJsaXNoZXIy NTU4MzA1