El Cultivador

77 diario de Carmina capital, aunque no eran más que tapa- deras para esconder su verdadero negocio, la prostitución de estas muje- res. Eso es, al menos, lo que aseguraban desde la organización en la que ejercía Aura de trabajadora social. Pues bien, lo que me pedía Aura era averiguar más sobre estos turbios nego- cios, ya que supuestamente el bufete de mi familia había asesorado legal- mente a las personas al frente de ellos en varios juicios que nunca habían tenido que ver directamente con esta explotación de personas. “Tenemos que probar que lo hacen y eso es lo más complicado, ya que sin los testimonios de las chicas o sin prue- bas factibles es muy difícil que les podamos sentar ante un juez con garan- tías de que pagarán por lo que están haciendo”, me había dicho Aura. Llegó el momento de encontrarnos. Intenté que no se notara queme había preparado especialmente para ella. “Carmina, Carmina… la tímida niña que ya es toda una mujer. Me alegro de verte”, me dijo mientras se sentaba en el sofá de mi piso. Estudió la estancia con la mirada como si no hubiera estado allí nunca y así, vista de perfil, me pareció la reina egipcia Nefertiti. “Aura, Aura”, respondí yo con cierta sorna. “La belleza indígena que tanto admiré en el colegio de monjas y que parece no achantarse ante nada. Ni tu belleza te abandona ni tu luz se apaga. Yo también me alegro de verte”. Habían pasado unos cuantos meses, así que el reencuentro requería lamejor puesta en escena posible. Prendí unas velas de rosa y manzana por toda la casa y encendí la gran lámpara que decoraba una de mis esquinas en su punto más tenue. Puse en mi tocadiscos su canción favorita, “Piece of my heart” de Janis Joplin, y lie un canuto mientras le con- tabami viaje a Costa Rica y el encuentro apasionado con mi bandolero Scar- face . “Veo que te lo has estado pasando mucho mejor que yo”, me dijo entre risas. Di una calada profunda y soplé el humo en la cara de Aura con delicadeza para nublar un poco esos ojos rasgados que se clavaban tan dentro de mí. “Mirar así debería considerarse un delito”, pensé. Un atentado contra la privacidad. Cuando Aura fijaba su mirada en mí me sentía desposeída, desnuda. Tenía ese poder de leer dentro de las personas y de extraer su esencia neta, sin filtros ni mentiras ni ornamento. Ella sabía quién era yo, y eso me daba miedo. Puse en mi tocadiscos su canción favorita, “Piece of my heart” de Janis Joplin, y lie un canuto mientras le contaba mi viaje a Costa Rica

RkJQdWJsaXNoZXIy NTU4MzA1