El Cultivador
Pero a la vez, esa sensación de poder ser yo sin remedio y sin excusas es lo que hacía que amara a Aura por encima del tiempo y del espacio. La quería ahora y sé que lo haría durante toda la vida. Nos pusimos al día tan escandalosas como siempre y le hablé de mi plan de ser escritora. “Me alegro un montón, ya es hora de que hagas realmente lo que te gusta”. Pero la conversación que yo sabía que le había traído hasta aquí no podía esperar más. “Y bien, ¿has pensado en lo que te propuse? Si pudieras mirar en vuestros archivos para descubrir más detalles sobre las personas que están detrás de estas empresas…”, fue directa al grano, tal y como era. “Hasta ahora sabemos más o menos quiénes son, pero desconocemos la gran mayoría de sus procedimientos o dónde tienen a las chicas que explotan”. Apuré otra calada y comencé a hacerme rizos en el pelo. “Cuando te tocas el pelo significa que estás nerviosa”. Aura me conocía muy bien. “Me da miedo involucrar a mi padre de alguna manera en todo esto. Ya sabes que no tenemos lamejor relación del mundo, pero no quiero hacerle daño. Al fin y al cabo, es mi padre”. Acordamos que le daría una respuesta en unos días y seguimos hablando de todo lo que habíamos hecho desde que no nos veíamos. “Entonces, ¿vuelven a gustarte los hombres?”, me preguntó cuando el vino ya había cumplido su cometido. El segundo canuto que nos fumába- mos descansaba a medio gas en el cenicero, y todo mi cuerpo era una balsa que ya no necesitaba de ninguna fuerza para seguir flotando. “Nunca han dejado de gustarme”, la contesté desafiante. Es lo que más me gusta de fumar marihuana, esa sensación de derrota que te libera del peso de vivir tanto y tan deprisa. Ese humo que es suero de la verdad. Las consecuencias de tus palabras se atenúan. Ya no tienesmiedo de lo que pueda pasar. Todo tu alrededor se pixela y te acues- tas en el sofá sabiendo que ya está, que la fórmula solo consistía en parar unmomento y vaciar lamentemientras tus otros sentidos perciben sonidos nuevos y texturas cotidianas con las que habías perdido el contacto. Cuánto cuesta reconciliarse con ese mundo frenético en el que vivimos. Dejarse llevar y dejar de vivir en lucha. Fluir mientras fumas y dejas que tu 79 diario de Carmina El segundo canuto que nos fumábamos descansaba a medio gas en el cenicero, y todo mi cuerpo era una balsa que ya no necesitaba de ninguna fuerza para seguir flotando
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