El Cultivador

cuerpo y tu mente se reconcilien y bailen canciones de amor. Hicimos el amor (como siempre que nos veíamos) y volvimos a ser esas niñas que descubrieron el sexo a orillas de un arroyo. Sus manos se entendían tan bien con las mías... y su lengua y mi lengua estaban diseñadas para compartir gusto y saliva. “Me tengo que ir”, anunció después de un rato tumbadas y desnudas en la cama. “Tú nunca te quedas”, me quejé. “Si me quedo contigo hoy, corro el riesgo de no irme nunca”, se justificó. Ella siempre decoraba con poesía las obviedades. Tenía la virtud de cubrir con un manto de eufemismos esa rea- lidad que era, simplemente, que no quería quedarse. Me quedé sola fumando durante horas y, entre difusos pensamientos, decidí por fin lo que quería hacer con el tema de las mujeres mexicanas. Ayudaría a Aura, pero con una con- dición: que pudiera contar la historia de alguna de las chicas, si es que podí- amos hablar con alguna de ellas. “Se lo diré mañana”. El teléfono sonó con urgencia. “Carmina, tenemos que hablar”, la voz de mi padre sonaba quebrada. “Me visto y voy”, se me había quitado el sueño. 80 diario de Carmina la fórmula solo consistía en parar un momento y vaciar la mente mientras tus otros sentidos perciben sonidos nuevos y texturas cotidianas con las que habías perdido el contacto

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