El Cultivador
carraspeó como si fuera a contar una historia muy larga. —Bueno, lo primero que quiero decirte, Carmina, es que no te com- padezcas de mí. Sufrí mucho durante ese año en el que me explotaron, vio- laron y humillaron sistemáticamente. Pero yo procedo de un barrio donde sobrevivir es la única meta que se le presenta a una chica como yo. Ahora estoy bien, tengomi trabajo, mis ami- gos y una nueva vida al lado de un hombre al que amo —explicó como carta de presentación. Lo que vino después no tuvo un tono tan optimista. Gabriela conoció aMoisés, un español guapísimo, en la ciudad de México, cuando ella se acababa de mudar a la gran ciudad en busca de una vida mejor. Trabajaba incansables horas en una cafetería y limpiaba oficinas por la noche. Todo era poco para enviar dinero a su familia y poder contribuir así a la economía doméstica. —Vivimos el amor a primera vista. Él me contaba historias de España, que describían este país como un paraíso terrenal, una suerte de Edén donde podríamos ser felices para siempre, lejos de la pobreza. Cuando estaba en sus brazos sentía una pro- tección difícil de describir… y su pelo negro. Aún me pregunto cómo pude ser tan tonta de creerme sus falsas promesas. Supongo que el amor te nubla y solo ves lo que quieres ver. Vino de vacaciones a España y el pri- mer día la montaron en una furgoneta con otras chicas. Moisés cerró la puerta lateral del vehículo que la embarcó al infiernomirándola a los ojos por última vez. No le vería nunca más. La trasladaron a una casa en la sierra de Madrid y allí estuvo tres meses con las otras chicas, aprendiendo el oficio que luego las llevaría a un club de alterne de la capital. Durante ese tiempo sufrió todo tipo de vejaciones. Contaba todo con explícitos detalles, hasta la parte más abrupta, casi sin inmutarse, como si una capa de fina fortaleza hubiera cubierto su delgado cuerpo haciéndola impermeable al dolor. —Te ayudaré a desenmascarar a las personas que te hicieron eso, Gabriela, y luego mi sueño sería contar tu his- toria en un libro. Es lo único que te pido a cambio —le dije. Me contó otros pormenores de esa primera casa en la sierra que servía, al parecer, de cuartel general para el adiestramiento de estas pobresmujeres. Allí recibieron a los primeros clientes: solían ser los amigos de sus raptores que iban allí de fiesta y las violaban impúdicamente sin ningún tipo de compasión. —Nos vendaban los ojos cada vez que salíamos fuera, a tomar el aire. Sucedíamuy pocas veces, porque casi siempre estábamos encerradas en una habitación. Allí encontré un diario con algunas páginas en blanco que aproveché para contar cómome sentía y planear lo que haría si algún día lograba salir de allí-, me contóGabriela. —Pero el diario, ¿tenía alguna ano- tación? —interrogué yo. —Sí, parecía el diario de una joven que se había enamorado de un gue- rrillero. Estaba enterrado en uno de los armarios que utilizábamos las chicas y yo para dejar nuestra ropa. No me dio tiempo a cogerlo cuando uno de esos hombres que venían a 78 diario de Carmina Encendí un porro sentada en el suelo y seguí leyendo las páginas que habían unido a dos mujeres esclavas en distintos puntos de la Historia
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