El Cultivador
visitarnos me ayudó a escapar. Ese diario nos sirvió de refugio, por lo visto, a las dos. Por un lado, a aquella mujer del pasado que lo utilizaba para contar sus escarceos amorosos y, por otro, a mí misma. A media noche las despedí con la promesa de iniciar una investigación que partiría del bufete de mi padre. “Pagarán por ello”, le dije cerrando la puerta de mi apartamento con la con- vicción de que el mundo se enteraría de la historia de Gabriela… algún día. El despacho de papá Aproveché que mi padre estaba en Nueva York para ir al bufete con el objetivo de buscar cualquier pista que me llevara a vincular las empre- sas defendidas por mi padre con Gabriela. Busqué durante horas en el despacho de papá, entre cientos de documentos, y no obtuve absolu- tamente nada. Ya me iba a ir cuando me quedé mirando el escritorio de secuoya en el que se sentaba mi padre a resolver sus casos más apremiantes. Una pipa anti- gua descansaba en uno de los lados, dejando caer algo de tabaco seco. Intenté abrir uno de los cajones de la mesa, pero fue en vano. Encima de la mesa, junto a un pisa- papeles blanco de mármol, encontré una cajita que casi pasaba desapercibida al ser del mismo color que la mesa. La abrí, y allí estaba la llave que abriría su cajón secreto. Todos los cajones estaban completa- mente vacíos. Salvo el último, que escondía una agenda de cuero deter- minante para aquella investigación que, ahora comprendía, empezaba en aquel momento y en aquel lugar. Había unmontón de contactos y nom- bres que no llegaba a entender, y de entre sus páginas cayó un pequeño papel que tenía anotado un mensaje: “Pasa un día en la casa de la abuelita. Pronto, o ya sabes lo que ocurrirá si no está bien limpia”. ¿A qué abuelita se referiría? De repente, una idea muy descabellada empezó a tomar forma en mi mente: mi abuela paterna, Rosalía, había pasado toda su vida en un pequeño pueblo de la sierra donde apenas vol- vimos después de su muerte, hacía ya diez años. Allí había crecido ella, con sus padres Ramón y María, hasta criar a sus propios hijos en esa casa inmensa a la que solíamos ir a merendar y a pasar algún fin de semana cuando yo era pequeña. ¿Sería ella la abuelita? ¿Y a qué se referían con dejar bien limpia la casa? La casa de la abuela Rosa- lía No me podía quedar con la duda, así que al día siguiente cogí el coche y me escapé a la casa de mi abuela para simplemente descartar cualquier posi- bilidad de que esa fuera la morada a la que se referían en la carta que cayó de la agenda secreta de mi padre. Dije a mi madre que me iba a pasar el día con unos amigos y fui hasta allí, sin llave. No quería que nadie supiera que había ido, así que entré por el patio trasero y me colé rápido en la cocina de la abuela Rosalía, como si de una ladrona se tratase. Los años se habían llevado las risas y los recuerdos de una vida de otra época, pero la decoración de la casa y hasta los cacha- rros de la cocina seguían ahí como sirviendo aún a los fantasmas del pasado. Solo el polvo que cubría los muebles, y algunas telarañas, recordaban que ya no se leían libros junto a la chimenea. El puchero ya no humeaba un cocido los domingos y la vieja radio estaba cubierta por un hule de ganchillo blanco corroído seguramente por los ratoncillos de campo. Unas muñecas rusas adornaban la parte superior de la radio. ¿Habrían ido mis abuelos a Rusia? Eso sí que era improbable… Es curioso cómo el tiempo lo entierra todo. Ni siquiera la historia de mis 79 diario de Carmina Lo que descubrí entre calada y calada surcó mi corazón, llenándolo de pena y angustia
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