El Cultivador
abuelos podía vivir un poco más en nuestras mentes; yo no les había cono- cido demasiado y mi padre raras veces les mencionaba o contaba lo que había pasado en esa casa. Era como si su infancia hubiera quedado en algún tiempo remoto que él no quería reme- morar. La habitación secreta En el piso de arriba descubrí una habitación menos desgastada por el paso de los años. A diferencia de las otras, allí aparecían indicios de una vida más reciente. Encontré un neceser lleno demaquillaje y colonias. Me pare- cía raro que, en la época de mi abuela, ella utilizara ese tipo de complementos. También tampones guardados en un armario. No podía haber allí un ele- mento más anacrónico. Sin duda, alguien había habitado esa estancia hacía no demasiado. Entre la ropa esparcida por el armario de madera hallé un diario envuelto en un pañuelo rojo. Olía como si hubiera permanecido allí durantemuchos años, con ese rastro de naftalina tan propio de los armarios antiguos, aunque su color vibrante seguía intacto. Tenía algunos flecos por los lados. Me lo puse y abrí el diario que, ahora comprendía, era el mismo que habían compartido Gabriela y una mujer misteriosa (para ella, porque para mí empezaba a cobrar rostro con fuerza). Vi el mensaje que iniciaba sus páginas: “Querido diario. Hoy he vuelto a ver a mi camarada. No podía estar más guapo. Le he besado bajo la luz de la luna y he sentido que el mundo en guerra se desplomaba bajo mis pies de barro. Dame fuerzas para soportar lo que viene. Se despide, R.” Entonces lo comprendí. Mi abuela paterna Rosalía (R.) era la firmante de ese diario que, tantos años más tarde, había servido a Gabriela como vía de escape para aliviar su sufrimiento en la casa que había sido su cárcel desde que llegara de México. Encendí un porro sentada en el suelo y seguí leyendo las páginas que habían unido a dos mujeres esclavas en dis- tintos puntos de la Historia. Lo que descubrí entre calada y calada surcó mi corazón de pena y angustia. Mientras la luna se erigía afuera, en el cielo, yo devolvía a la vida a mi abuela Rosalía. Y, por supuesto, descubría lo que ya era indudable: que la casa de mi abuela había servido de cárcel para las mujeres mexicanas que Aura y su ONG vinculaban con las empresas de Ibiza y mi padre, su defensor en los tribunales. Tenía que enseñar ese lugar a Gabriela para saber si, realmente, era aquella la casa a la que había sido destinada a su llegada a España. De repente, oí pasos en la cocina y se me heló la sangre de miedo. Muy pronto relataré qué es lo que pasó a continuación. Se despide atentamente, Carmina Delgado 80 diario de Carmina la casa de mi abuela había servido de cárcel para las mujeres mexicanas que Aura y su ONG vinculaban con las empresas de Ibiza y mi padre
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