El Cultivador

elementos psicoactivos se deben a los alcaloides de tropano, con hiosciamina como ingrediente principal, además de escopolamina, atropina y mandra- gorina. El contenido total de alcaloides de tropano en la raíz es de 0,4 %” 1 . No solo la mandrágora posee alcaloi- des tropánicos. Esta cualidad, como recuerda Jonathan Ott en Pharmaco- theon , la comparten “por lo menos” ocho géneros de plantas pertenecientes a la familia de las solanáceas ( Solana- ceae ) 2 . Pero, ¿cuáles son los efectos de la mandrágora y en qué sentido es más “bizarra” (como describen en Plantas de los dioses ) la psicoactividad que posee que la de otros alucinógenos? Pues bien, las plantas solanáceas (bella- dona, beleño, etc.) que, como la mandrágora, contienen una alta con- centración de tropano producen, según Schultes y Hofmann: “intoxicación [… ] seguida de una narcosis en la que se presentan alucinaciones durante la transición de la conciencia al sueño”. Y ellos mismos advierten también de que, tanto los efectos de la escopolamina como los de la atropina, “difieren de aquellos que exhiben los alucinógenos naturales usuales; son extremadamente tóxicas y quienes las utilizan no recuer- dan nada de lo experimentado durante la intoxicación, pierden todo sentido de la realidad y caen en un profundo sueño” (Schultes y Hofmann, 1982). Con estos resultados en humanos es más sencillo comprender, como vere- mos aquí, por qué la mandrágora era ingrediente principal de ungüentos, pócimas y filtros de amor de las brujas medievales; por qué llegó a convertirse en protagonista de una novela, como la de Maquiavelo; y, por qué hasta el mismo Shakespeare la puso en boca de su desafortunada Julieta. La mandrágora en la Edad Media Como bien afirman Schultes y Hof- mann, “la mandrágora desempeñó un papel extraordinario como planta mágica y alucinógeno en el folclor euro- peo. Era estimada como remedio universal y se supone que era el ingre- diente más poderoso de los brebajes fuertemente alucinógenos que prepa- raban los hechiceros” (Schultes y Hofmann, 1982). En la EdadMedia, la mandrágora era conocida a lo largo y ancho de Europa. Este conocimiento estaba probable- mente influenciado por la concepción que de la mandrágora habían tenido egipcios, griegos y romanos. Y, por supuesto, es también muy posible que conocieran su poder afrodisíaco, debido a las referencias contenidas en la Biblia. Sea como fuere, esta planta no solo copaba las páginas de los bestiarios medievales sino que, junto a otras plan- tas solanáceas, era ingrediente esencial de toda despensa brujeril que se pre- ciara, ya que era ideal para filtros o pociones amorosas (Ott, 1996). Las alucinaciones que provocan estas plantas son “frecuentemente dominadas por el momento erótico”, por lo que “en aquellos días, para experimentar estas sensaciones, mujeres jóvenes y mayores untaban sus cuerpos con el «ungüento de brujas», del cual el ingre- diente principal era belladona o un extracto de otra solanácea” 3 . La mandrágora también era indis- pensable para elaborar pócimas para volar. Lo explica muy bien el experto antropólogoMichael Harner: “las brujas europeas se frotaban el cuerpo con un ungüento alucinógeno que contenía plantas como la Atropa belladona , mandrágora, y beleño, cuyo contenido en atropina era absorbible por la piel. La bruja entonces se iba de «viaje»: la bruja en la escoba es una representación de ese viaje aéreo imaginado a un encuentro con espíritus o demonios, que era llamado Sabbat” 4 . El viaje en escoba, en realidad, era un viaje de psiquedélicos. Sin embargo, como también explica el antropólogo, Mandragora (Paul K, CCBY-SA 2.0, Flickr) En la Edad Media, la mandrágora era conocida a lo largo y ancho de Europa 68 pensamiento psiquedélico Dos escoceses y una bruja sobre una escoba (Wellcomeimages, CCBY-SA 4.0, Wikipedia)

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