El Cultivador
A ura, mi amor de la infancia, me había pedido ayuda para des- enmascarar a estos explotadores, ya que era precisamente mi padre quien les había defendido en los tribunales de las acusaciones que Aura y su ONG habían vertido sobre ellos. No cabía duda de que había algo muy turbio en todo esto, y la implicación de mi padre se hizo evidente el día en que fui a la casa de mi abuela paterna, Rosalía, para descubrir que ese era el lugar donde las víctimas mexicanas sufrían el adoctrinamiento de sus mal- tratadores. Mi padre había defendido a estos cri- minales, pero, lo que era peor, había participado en su red facilitándoles un cuartel militar para entrenar a las chicas que solo allí se daban cuenta de la pobre suerte que habían corrido, una vez que se encontraban con las demás en esa casa sin apenas comodidades y contacto con el exterior. Gabriela, una de estas chicas maltra- tadas y abusadas, me había contado todas estas penurias durante su estancia en la casa, donde había escrito en un diario algunos de los episodios más duros que había vivido allí. Coincidía que, el mismo diario, había servido ami abuela Rosalía para contar sus escarceos con un amante décadas atrás, en 1940, según las anotaciones que ella misma había hecho en el cua- derno. 72 diario de Carmina No cabía duda de que había algo muy turbio en todo esto, y la implicación de mi padre se hizo evidente el día en que fui a la casa de mi abuela paterna Hace mucho tiempo que quería sentarme para seguir relatando qué pasó con la historia de mi padre, su bufete de abogados y las chicas que, supuestamente, llegaban a España desde México con la promesa de una vida mejor para ser explotadas sexualmente por empresas poderosas y con negocios en todo el país. Capítulo VIII Texto: Isabel Peláez Fotos: Luis Campillo Modelo: Xrystina Birdy
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