El Cultivador
73 diario de Carmina Poco podía sospechar mi abuela que, tantos años después, su casa pudiera convertirse en algo tan indigno como un lugar para explotar a personas ino- centes cuyo único pecado había sido fiarse demasiado. ¿Quién anda ahí? Bien, el caso es que yo había ido a la casa de mi abuela Rosalía para inves- tigar toda esta historia. Cuando me encontraba leyendo el diario que tanto Gabriela como mi abuela habían utili- zado para liberarse un poco de sus respectivos yugos, escuché un ruido. Me escondí rápidamente en el armario, pero las pisadas que se oían por las escaleras eran inminentes. Una sombra se dibujó en el suelo de madera y yo apenas podía contener la respiración, cada vez más acelerada. La figura iba andando por la habitación, moviendo algunos muebles y aproximándose cada vez más al armario. No sé si fueron todas las películas que había visto últimamente ni de dónde saqué el valor, pero cogí una percha que se había caído al suelo y abrí el armario dispuesta a derribar al intruso. Tres, dos, uno… —¡Ahhhhhhhh! —gritó lamujer que tenía enfrente. —¡Pero mamá! ¿Qué haces aquí? —Hija, llevomeses preocupándome por ti. Pareces ausente, como inquieta por algo muy grave, y de la forma en que saliste de casa antes… —Mamá, ¿me has seguido hasta aquí? —contesté enfadada. Efectivamente, mi madre me había seguido hasta la casa de mi abuela para averiguar –parece que todo el mundo aquí tenía abierta su propia investigación sobre algo– qué era lo que tanto me estaba afectando. No tuve más remedio que contarle todo: la trata de mujeres que Aura y su Mi madre sacó una pequeña petaca de su bolso y bebió lentamente. Su predilección por el orujo blanco no era un secreto
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy NTU4MzA1