El Cultivador

ONG adjudicaban a papá y a sus amigos empresarios, la historia de Gabriela, el diario… Mi madre sacó una pequeña petaca de su bolso y bebió lentamente. Su predilección por el orujo blanco no era un secreto, aunque últimamente sacaba el recipiente portátil más de lo normal. Su rostro se ensombreció y dijo susu- rrando algo que yo no esperaba: —Quiero conocer a Gabriela. Mi madre era imprevisible, sobre todo cuando se trataba demi padre. Siempre adoptaba frente a él una actitud sumisa, así que me sorprendió esta reacción tan valiente. Le di la mano dispuesta a cumplir su deseo, y me llevé el diario por si podía servir como prueba en algún momento. Cuatro mujeres Gabriela, Aura y mi madre vinieron a mi apartamento para conocerse. Mi madre aún recordaba a Aura del colegio de monjas. Cómo olvidarla. Ella tuvo que irse del colegio cuando descubrieron que entre las dos había algo más que una simple e inocente amistad de niñas. Mis padres nunca lo habían aprobado, pero aún así mi madre se mostró con- descendiente y amable durante toda la velada. Prendimos unos inciensos y, entre el humo del té y del cannabis, Gabriela relató a mi madre toda la historia, con pelos y señales. Aún no habíamos con- vencido a Gabriela de la necesidad de ir ante el juez. Simplemente, enfrentarse otra vez a sus captores o vivir con miedo a que pudieran hacerle algo si la justicia fallaba le parecía demasiado arriesgado ahora que ya tenía una vida más o menos resuelta y feliz. —Pero es necesario, Gabriela. Piensa en todas las mujeres a las que puedes salvar. Ya no es por ti, es por ellas. Preparé unos gin tonics y nos ani- mamos a leer el relato de mi abuela para olvidarnos un poco de todo lo malo que había pasado Gabriela. La historia de amor imposible que había vividomi abuela Rosalía ocupaba las primeras páginas del cuadernillo. Ella, también esclava de sus circuns- tancias, hacía alusión a una aventura clandestina con un camarada (enten- dimos que, entonces, podía pertenecer al bando “rojo” de la Guerra Civil) en 1940, en plena posguerra. “Julián y yo nos hemos encontrado hoy, cuando las estrellas han enmas- carado la ciudad herida, en la cueva natural que hay al lado del castillo de doña Urraca. Dios mío, dame fuerzas para poder vivir sin esos labios que curan con saliva los girones de mi alma.” Prendimos unos inciensos y, entre el humo del té y del cannabis, Gabriela relató a mi madre toda la historia, con pelos y señales 74 diario de Carmina

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