El Cultivador

Mi abuela, toda una poetisa enamo- rada, se había encontrado, al parecer y durante un tiempo, con este buen mozo al que describía como un “bello príncipe armado, sediento de justicia”, que prefería esconderse a vivir doble- gado. Aura, Gabriela, mi madre y yo está- bamos cada vez más enganchadas al relato. Saqué un poco de marihuana del bolso y la puse en la cachimba ante la mirada curiosa de mi madre. — Lo siento, mamá, pero fumo. No es malo y no tengo por qué escon- derlo. Bastante me he escondido ya. Bastante nos hemos escondido ya todas las que estamos aquí, incluida mi pobre abuela, que tuvo que vivir una pasión a escondidas en una época en la que ser mujer era lo mismo que no ser nada. — Hija, yo llevo muerta mucho tiempo y no ha sido la marihuana precisamente la causante. Han sido mi cobardía y mi amor incondicional por un hombre que fue capaz de inmiscuirse en algo tan turbio como la explotación de mujeres. Creo a Gabriela, y el daño que le han cau- sado es como si me lo hubieran hecho a mí. Me quitó la cachimba de la mano y empezó a fumar; y a toser como una colegiala que fuma su primer pitillo, y a reírse como una loca, como si se hubiera liberado de un yugo muy pesado. Su cascada de risa era inagotable y tan contagiosa que nos pusimos todas a reír y a celebrar que estábamos vivas y juntas y más fuertes que nunca. El ambiente se cubrió de una fina neblina que empapaba nuestros sueños; afuera, las gotas resbalaban en el cristal como lágrimas de plañidera. Aura, siempre Aura Cerramos el diario sin acabar la his- toria de mi abuela porque nos habían dado las tantas y era hora de llevar a mi madre a casa. Aura y Gabriela se quedaron en mi apartamento, espe- rándome. Nunca había visto a mi madre así. Era como si hubiera despertado de un Saqué un poco de marihuana del bolso y la puse en la cachimba ante la mirada curiosa de mi madre Me quitó la cachimba de la mano y empezó a fumar; y a toser como una colegiala que fuma su primer pitillo 75 diario de Carmina

RkJQdWJsaXNoZXIy NTU4MzA1