El Cultivador
- Porque es la forma de expiar mis pecados. Quiero hacer algo bueno por alguien. Y porque Juan me ha salvado de más de una en la cárcel. Es un buen hombre, Carmina, que hizo lo que hizo porque era eso o morir de hambre y necesidad. - Si te lo concedo, ¿pedirás perdón a las víctimas de la banda que explotó a esas mujeres? - le exigí a cambio. - Mi perdón no va a servirles de nada. Pero sí, lo haré. - Entonces, yo misma iré a México y entregaré ese dinero a la familia de Juan. Fue la última vez que vi a mi padre. Allí, entre unas rejas. Las mismas que él levantó entre nosotros desde el día en que yo nací. El viaje a México No voy a negar que el viaje para entre- garle a la familia de una suma de dinero en efectivo cumpliendo así la última voluntad de mi progenitor era también una excusa para ver a Aura, mi gran primer amor. Quizás, el único amor que he conocido. La familia de Juan vivía, en efecto, en un barrio muy humilde conocido como Ecatepec. A pesar de la falta de agua y luz corriente en el caso de muchas chabolas, la mirada de sus gentes alumbraba las calles como si fuesen faros en una noche oscura en mar abierto. No fui sola, claro, sino que Aura y una de sus compañeras de la fundación contra la explotación de mujeres, que precisamente descendía de ese barrio, me acompañaron en mi aventura. Respecto a Aura, no habíamos tenido todavía tiempo de hablar a solas. - Nos pondremos al día después - me dijo empapándome la mejilla con sus labios gruesos. Por fin. Llegamos. Marcela Ahora me faltan las palabras para describir con justicia a la mujer que nos abrió la puerta. Sus ojos eran ver- des como los de una gata, y sus curvas parecían encerrar un laberinto infinito de huesos y piel mulata. Marcela era un accidente divino caído por accidente en la Tierra, una especie de Nefertiti azteca cuyo aire de suficiencia solo la hacía aún más bella y poderosa. El canuto que sostenía entre sus labios devolvía a uno la esperanza de que fuera un ser terrenal, envuelto en humo y tristeza, mientras nos escudriñaba con indiferencia. Pasamos y le contamos a su madre y a sus cuatro hermanas - todas chicas- la última voluntad de mi padre. Su marido, Juan, le había hablado de mi padre en las cartas. Le describía como el “único amigo” que tenía en la cárcel, la persona con la que podía hablar de cualquier cosa. “Vaya”, pensé para mis adentros, “no coincide mucho con el hombre que conozco”. - No voy a negar que quiera el dinero, mija , pero lo que realmente Las envidié. Yo siempre lo había tenido todo, pero me había faltado eso, lo más importante. La materia que todo lo mueve: el amor Juntas fumamos hierba hasta el amanecer y el mezcal abrasó nuestras gargantas encendiendo dos cuerpos que estaban condenados a amarse hasta el fin de los días 74 el diario de Carmina
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