El Cultivador
me gustaría es que mi pobre Juan volviera a casa. Al menos, que fuera posible visitarle en una cárcel de aquí - me dijo la menuda mujer con los ojos tan verdes y tan penetrantes como los de su hija. - Pero con este dinero podrás pagar a un buen abogado para que ayude a tu marido. Al menos, tenéis que intentar que sea repatriado - le dije. Yo, como abogada en la práctica (aun- que mi vocación siempre había sido escribir), sabía que esto no era tan fácil y que dependía, como todo en la vida, de tener los contactos adecuados. De repente, Marcela (así se llamaba la bella Nefertiti) se desmayó deján- donos con la palabra en la boca. Nos quedamos las tres petrificadas mientras su madre y dos de sus hermanas la dejaban tumbada en el sofá y la moja- ban con paños húmedos. En cuanto abrió los ojos y descubrió lo que había pasado, quitó hierro al asunto: - Ya, dejadme, estoy bien. Ya sabéis que esto va a ser lo normal a partir de ahora - dijo muy seria y aún con el rostro pálido. Marcela sufría esclerosis múltiple, nos contó su madre, así que apenas podía mantener un trabajo. Continua- mente padecía falta de visión y mareos repentinos como el que acabábamos de presenciar. Estar en casa de Juan durante algunas horas fuemaravilloso. Nos dimos cuenta de todas las carencias que sufría la familia, y me alegré de estar allí y haber cumplido la última voluntad demi padre. Digo que fue maravilloso porque, a pesar de las muchas comodidades de las que carecían, parecían una piña. La forma en que aquellas chicas mira- ban a su madre evidenciaba que allí habían faltado muchas cosas, pero no cariño. Las envidié. Yo siempre lo había tenido todo, pero me había faltado eso, lo más importante. La materia que todo lo mueve: el amor. Creo que esa tarde perdoné a mi padre un poco, ya que gracias a su dinero esta madre y sus hijas podrían vivir un poco mejor y pagar un trata- miento más adecuado para Marcela. - Estás haciendo algo muy grande, Carmina. Ya sabéis que esto va a ser lo normal a partir de ahora - me dijo Aura cuando por fin estuvimos a salvo del mundo en su apartamento. Juntas fumamos hierba hasta el ama- necer y el mezcal abrasó nuestras gargantas encendiendo dos cuerpos que estaban condenados a amarse hasta el fin de los días. Dos cuerpos en llamas, consumidas cenizas que resucitan cada mañana como Ave Fénix cuando vuel- ven a abrazarse. “La marihuana es lo único que me ayuda con el dolor”, decía mientras aspiraba más hondo el humo de su cigarro aliñado, el único capaz de paliar los pensamientos furtivos e hirientes 75 diario de Carmina
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