El Cultivador

- Hasta el fin de mi existencia te querré, Aura - le dije mientras mis dedos recorrían el vello erizado de su tripa de seda. Escapar de la realidad Marcela sabía que, algúndía, su destino sería moverse en una silla de ruedas. - La marihuana es lo único que me ayuda con el dolor. También con el del alma. No quiero envejecer en una cama. Me espanta esa imagen - decía mientras aspiraba más hondo el humo de su cigarro aliñado, el único capaz de paliar un poco los pensamientos furtivos e hirientes. La realidad era un exceso. Marcela era tan guapa y todo lo que decía era tan inteligente y relevante para el mundo que parecía imposible que la madre naturaleza se quisiera deshacer de una de sus criaturas más bellas. Cuando fumaba, sus ojos se achinaban de repente y su belleza cobraba una lejanía que te hacía querer quedarte muy cerca. Ella nunca estaba muy presente. El presente la asustaba demasiado. Durante las siguientes semanas en México, Aura, Marcela y yo nos hicimos inseparables. Recorrimos los barrios más olvidados, llenos de rebosantes colores y con olor a gardenias. También comimos tortillas y guacamole en los puestos callejeros y bebimos tequila para curar hasta las heridas que no teníamos todavía. Visitamos México y nos lo bebimos, literalmente. Otra historia que empieza Pero llegó el momento de despedirnos. Yo tenía que regresar a España porque quería empezar mi segundo libro, aun- que todavía no había encontrado una buena idea. Y allí, sola, en el aeropuerto, decidí que mi idea estaba en México; y mi deber, como había hecho con las muje- res explotadas en España, era escribir con el propósito de mejorar un poco el mundo. Entonces vi la oportunidad ahí, delante de mis ojos, y llamé a Marcela. - ¿Qué ha pasado con tu avión, Car- mina? - me preguntó alarmada. - No puedo irme todavía, Marcela. Tengo que contar otra historia antes. Otra buena historia sobre una mujer valiente. - ¿Sí? ¿Qué historia? - La tuya, Marcela, ¡la tuya! - le respondí gritandomientras mi avión despegaba sin que yo partiera con él. mi deber, como había hecho antes, era escribir con el propósito de mejorar un poco el mundo 76 el diario de Carmina

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