El Cultivador 6

52 pensamiento psicodélico alguna manera a una inter- pretación de la Psiconáutica y sus manifestaciones. Las imágenes, por lo tanto, pasan aquí a un segundo plano. Os advierto, entonces, que Warhol, Goya, Klarwein, Alex Grey, Ernst Fuchs, Weidmann, Picasso, Kubin y muchísimos otros pintores relacionados directamente con la Psiconáutica quedarán fuera de mis palabras, pues carezco del conocimiento adecuado para tratarlos como se merecen. Sin embargo, me aferraré con todas mis fuerzas a aquello que sé sobre Conan Doyle, Poe, Carroll, Huxley, Jünger, Alan Watts y algunos habituales del alcohol como Shakespeare o London, e intentaré transmitiros una pequeña parte comprensible de lo que ellos significaron, tanto para mí, como en lo que a su importancia histórica e intelectual se refiere. Si me permitís elegir un comienzo (lo cierto es que no tenéis otra alternativa, pues este es un conducto comuni- cacional de una sola vía), me gustaría dedicar este número al autor que permanece a la sombra de Sherlock Holmes, personaje ficticio que, a propósito, está en boca de todos actualmente debido a la afamada serie de televisión británica y las dos películas protagonizadas por Robert Downey Jr. Se trata del médico y escritor escocés Sir Arthur Ignatius Conan Doyle. Hoy sucede que la mayoría de personas que han visto las adaptaciones para cine o televi- sión no tienen la más remota idea de quién fue Conan Doyle y, m i e n t r a s vivía, ocurrió que siempre se halló ligado inseparablemente al personaje que había creado, puesto que sus admiradores nunca le permitieron separarse de él. Recuerda un poco a la discusión que tenía Augusto Pérez con Miguel de Unamuno en su libro Niebla . Pero en este caso Sherlock no negaba la muerte literaria (esa sucesión inevi- table del final de un libro y el final de sus perso- n a j e s ) : eran los l e c t o r e s quienes lo obligaban a vivir. Conan Doyle lo mató, después de la lucha encarni- zada que Holmes y Moriarty mantuvieron en las Cataratas de Reichenbach. Publicó el relato, titulado “El problema final”, en The Strand Magazine , y unos meses después tuvo que revivirlo dada la gran decepción sufrida por sus habituales lectores, que ya se contaban por miles y se habían vuelto adictos a los juegos de deducción del maestro del género detectivesco. Las numerosísimas cartas que recibía a su domicilio (incluyendo, entre ellas, varias amenazas de muerte) y la presión ejercida por sus editores resucitó definitiva- mente a Holmes. En este caso, y al contrario de lo que pasaba con el protagonista de Niebla , Holmes condenaba a su creador y le obligaba a no desvincularse de él jamás, a mantenerlo con vida, quisiera Doyle o no. Resulta irónico que un personaje ficticio se convierta en dueño de las de- cisiones de su creador, un ser de carne en hueso. Pero así sucedió. Doyle fue un prolífico autor y escribió otras muchas obras, desde novelas históri- cas a relatos cortos de todas las temáticas. No quiero insinuar con mis declaracio- nes que sus creaciones se limitaran a las andanzas de un Holmes resucitado. Sin embargo, a excepción de El mundo perdido (una de las novelas de su otro personaje recurrente, el profesor Challenger) y una novela histórica llamada Sir Nigel , sus escritos tuvieron poca re- percusión, aun siendo todos ellos de una sublime calidad literaria. Al menos los que han caído en mis manos. C o n s i d e r o que esta introducción es necesaria para acercarnos a una expli- cación significativa de quién fue Sherlock Holmes. Conan Doyle creó un personaje que lo acompañó la práctica totalidad de su vida. Esto implica que en el personaje habitan muchas de sus más personales formas de ver el mundo, incluso la evolución de las mismas. Al margen de los populares métodos deductivos de Holmes, queda en el fantásti- co poso literario de sus obras un personaje profundo y enigmático, contradictorio, elegante, incomprendido, en- tusiasta, inconformista y, sobre todo, todo un pensador, un filósofo con- temporáneo, de la misma forma que lo era Doyle. Aquellos de vosotros que estéis familiarizados con el personaje, recordaréis que Sherlock, en sus periodos de inactividad, se volvía un ser depresivo y carente de las ganas necesarias para vivir. En estas repetitivas etapas de su existencia recurría a las drogas, más asiduamente a la cocaína que a ningún otro. Holmes era un encomiable actor, además de un excelente espadachín y boxeador. Poseía conoci- mientos sobre leyes, filosofía, música, geología, astrono- mía, todo tipo de literatura, anatomía y, lo que ahora de veras nos importa, botánica y química. Estos conocimien- tos le permitían, durante sus brotes ciclotímicos, dosificar y autoinyectarse cocaína y morfina intravenosa como un incentivo existencial, una forma de estimulación mental. Debemos recordar que los tiempos de Doyle fueron to- talmente permisivos con estas sustancias, que se des- pachaban en las boticas. Los eslóganes publicitarios incitaban a su consumo de cocaína a todo aquel que se En estas repetitivas etapas de su existencia recurría a las drogas, más asiduamente a la cocaína que a ningún otro. Doyle fue un prolífico autor y escribió otras muchas obras, desde novelas históricas a re- latos cortos de todas las te- máticas

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