El Cultivador 6
53 pensamiento psicodélico sintiese apenado o abatido. Y muchos personajes relevan- tes se declararon abierta- mente consumidores de aquella sustancia vigorizante que les permitía alejarse del alcohol y los opiáceos. Debemos dejar claro que no existe prueba alguna de que el escritor escocés con- sumiese ninguna de estas sustancias, aunque es sumamente extraño pensar en la posibilidad de escribir, en aquellos tiempos, con tal precisión sobre los efectos y percepciones que se tienen bajo los mismos, sin haberla probado nunca. Como hemos hecho en an- teriores entregas, las propias palabras del autor son la mejor forma de acercarnos a su creación. No existe mejor forma de ejemplificar toda esta abstracción analítica que trayendo a colación frag- mentos concretos que os proporcionen una percep- ción directa de lo que aquí se explica. La primera vez que el Dr. John Watson conoce a Sherlock Holmes sucede en Estudio en escarlata . En esta obra, el doctor describe a su futuro mejor amigo de la siguiente manera: “Nadie podía superar su energía cuando lo invadía el espíritu de trabajo; pero de vez en cuando lo atacaba una reacción contraria y por días enteros se tendía en el sofá de la sala, sin decir una palabra ni mover un solo músculo, de la mañana a la noche. En tales ocasiones sus ojos tenían una expresión tan perdida e inexpresiva, que habría sos- pechado que era adicto al uso de algún estupefaciente si la temperancia y la mode- ración de toda su vida no hubieran desvirtuado de inmediato tal idea.” En esta misma novela, Holmes se autodefine mediante una sencilla expresión: “Sólo ha pasado una cosa importante durante los últimos tres días, y es que no ha pasado nada”. Este es el Sherlock condenado a la apatía de la inactividad, el detective ocioso al que le repugna la mundana vida social, las conversaciones co- tidianas y anodinas. El hombre que no sabe cómo entretener su insaciable cerebro si no es mediante un intrincado acertijo. En Un escándalo en Bohemia , la visión de Watson, ahora mucho más argumentada por el conoci- miento profundo de su ya amigo inseparable, muestra a un Holmes más real, mucho más fundamentado. También se podría entender, por primera vez en sus escritos, que el investigador alterna diferentes tipos de estupefacientes, unos esti- mulantes, como la cocaína, con otros relajantes o que producen un efecto placen- tero y “adormilado” (según las propias palabras de Doyle) como los opiáceos: “Holmes, dotado de alma bohemia, sentía aversión por todas las formas de vida social y permanecía encerrado en sus habitacio- nes de Baker Street, enterrado entre sus libracos, alternando las semanas entre la cocaína y la ambición, entre los ador- milamientos de la droga y la impetuosa energía de su propia y ardiente naturale- za.” Traigamos ahora a colación uno de los fragmentos más citados de la obra El signo de los cuatro , donde el autor hace una descripción minuciosa y subjetiva del consumo y sus efectos. De todos los escritos de Conan Doyle, este es el fragmento más extenso en el que se habla exclusivamente del consumo de Sherlock Holmes: “Sherlock Holmes cogió su botella del ángulo de la repisa de la chimenea, y su jeringuilla hipodérmica de su fino estuche de tafilete. Debemos recordar que los tiempos de Doyle fueron to- talmente permisivos con estas sustancias, que se des- pachaban en las boticas. Los eslóganes publicitarios inci- taban a su consumo de co- caína a todo aquel que se sintiese apenado o abatido
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