El Cultivador 6

54 pensamiento psicodélico Insertó con sus dedos largos, blancos, nerviosos, la delicada aguja, y se remangó el puño izquierdo de su camisa. Sus ojos se posaron pensativos por breves momentos en el músculo del antebrazo y en la muñeca, cubiertos ambos de puntitos y cicatrices de las innumerables punciones. Por último, hundió en la carne la punta afilada, presionó hacia abajo el minúsculo émbolo y se dejó caer hacia atrás, hundiéndo- se en el sillón forrado de ter- ciopelo y exhalando un largo suspiro de satisfacción. Tres veces al día y durante muchos meses había yo pre- senciado esa operación; pero la costumbre no había llegado a conseguir que mi alma se aviniese a ello. Por el contrario, de día en día me iba irritando cada vez más el espectáculo, y todas las noches sentía indignarse mi conciencia al pensar que me había faltado valor para protestar. Una vez y otra había yo dejado constancia de mi promesa de que diría todo lo que pensaba acerca de ese asunto; pero las maneras frías y despreocu- padas de mi compañero tenían un algo que lo hacían el último de los hombres con quienes uno siente deseos de tomarse nada que se parezca a una libertad... aquella tarde tuve la súbita sensación de que no podía aguantarme por más tiempo, y le pregunté: - ¿Qué ha sido hoy: morfina o cocaína? - Cocaína, en disolución al siete por ciento. - ¿Le agradará a usted probarla? - De ninguna manera - contesté con brusquedad-. Mi constitución física no se ha repuesto por completo aún de la campaña de Afganistán. No puedo per- mitirme el someterla a ninguna tensión anormal. - Quizá tenga usted razón, Watson. Me imagino que la influencia de esto es física- mente dañosa. Sin embargo, encuentro que estimula y aclara el cerebro de una forma tan trascendental, que me resultan pasajeros sus efectos secundarios. - ¡Reflexione usted! -le dije con viveza-. ¡Calcule el coste a que le resulta! Quizá su cerebro se reanime y se excite, según usted asegura; pero es mediante un proceso patológi- co y morboso, que trae como consecuencia un aumento en el cambio de los tejidos y que pudiera acarrear al cabo una debilidad permanente. ¿Para qué correr el riesgo de perder esas grandes facultades de que usted se halla dotado? Tenga presente que no le hablo tan sólo de camarada a camarada, sino de médico a una persona de cuyo estado físico es, hasta cierto punto, responsable. - Mi cerebro se rebela contra el estancamiento. Proporcióneme usted problemas, proporcióneme trabajo, deme el más abstruso de los criptogra- mas, o el más intrincado de los análisis, y entonces me encontraré en mi atmósfera propia. Podré prescindir de estimulantes artificiales. Pero aborrezco la monótona rutina de la vida. Siento hambre de exaltación mental. Ahí tiene por qué he elegido esta profesión a que me dedico.” Es inevitable que muchos de sus lectores habituales, incluido yo mismo, encuen- tren un dilema moral en esta conversación. Algunos se han atrevido a interpretar la en- carnación, en sus dos perso- najes, de dos perspectivas que pueden formar el contro- vertido punto de vista de una sola persona. ¿Quizás una lucha interna que mantenía el propio autor a cerca del consumo de estupefacientes? Elucubraciones suficiente- mente fundamentadas como para barajarse. A medida que pasó el tiempo, los escritos de Conan Doyle fueron reflejando un cambio de perspectiva. Su postura se endureció, y el propio Holmes dejó de mostrar la aprobación incon- dicional hacia estas sustan- cias. En Las aventuras del tres cuartos desaparecido , Watson cuenta que Sherlock ha dejado, afortunadamente, su peligroso hábito, “aunque sabe que el mal no ha muerto, sino que está dormido”. Es el momento en el que Sherlock Holmes y Conan Doyle dan un ‘no’ rotundo a los estupefacientes y lo con- vierten en un problema a superar. Nunca vuelve a pre- sentarse dicho consumo como remedio para sus crisis existenciales, y tampoco la defensa incondicional del psiconauta y despreocupado detective. La mirada crítica y conservadora del doctor pasa a ocuparse de otras cuestio- nes y las drogas duermen, como advertía Watson, para nunca más despertar entre sus escritos. *ARTÍCULOS: - “El nacimiento de la Psicodelia” Xosé F. Barge, El Cultivador, número 2. - “La expansión psicodélica. Los Hippies” Xosé F. Barge, El Cultivador, número 3. - “Psiconáutica y Psiconautas” Xosé F. Barge, El Cultivador, números 4 y 5. Me imagino que la influencia de esto es físi- camente dañosa. Sin embargo, encuentro que estimula y aclara el cerebro de una forma tan trascendental, que me resultan pasajeros sus efectos secundarios A medida que pasó el tiempo, los escritos de Conan Doyle fueron reflejando un cambio de perspectiva. Su postura se endureció, y el propio Holmes dejó de mostrar la aproba- ción incondicional hacia estas sustancias

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