El Cultivador

Absenta, ajenjo y hachís Sin duda, toda esta historia tenía aderezo, como relata Vincent: “En plena y mutua tempestad viajaron a Inglaterra, a Holanda, a Alemania. Se amaban en oscuros jergones, se peleaban en las tabernas, iban por las calles como dos vagabundos rehogados en ajenjo, alucinados por el hachís y escribían poemas visionarios” (Vincent, 2012). Las borracheras que agarraban eran monumentales y los versos que escribían, encendidos. Cuesta entender que de una relación tan enferma, salieran poemas tan hermosos. Para comprender mejor, nos valen las palabras de Rosa Montero cuando explica: “Verlaine siempre tuvo miedo de ser débil (lo era) y burgués (también), y el salvaje visionario Rimbaud le impedía acomodarse y concedía a su absurda y descontrolada vida un sentido trascendente. Pues, ¿no estaban alcanzando las cumbres místicas y poéticas a través de la perdición y la miseria? Ambos eran herederos del Romanticismo e hijos del desorden. Vivían en un mundo que acababa de matar a Dios y de descubrir que el Mal está dentro de nosotros (…), y, para defenderse de tanto vacío repentino, quisieron construir una nueva razón de la sinrazón”2. En todo esto, el hachís también tenía su lugar y cumplía una función: colaboraba, con sus efectos, a alejar el pensamiento de las rutas convencionales, y alterar la percepción. “Y así, comían hachís (por entonces esta droga no se fumaba) y se embriagaban concienzudamente con absenta y ajenjo, ansiosos de trascender los límites de una racionalidad que había demostrado no servir paramucho” (Montero, 2012). El final de la tormenta En 1873, sin embargo, la relación de la pareja vivió un punto de inflexión. Tras dos años demuchas idas y venidas, 40 literatura cannábica Casa natal de Verlaine en Metz (Fab5669, CC BY-3.0, Wikipedia) Retrato firmado de Paul Verlaine en el café François (Dornac, CC BY-0, Wikipedia) Las borracheras que agarraban eran monumentales y los versos que escribían, encendidos

RkJQdWJsaXNoZXIy NTU4MzA1