novela, Burroughs narra las “aventuras” de un Lee adicto a la heroína. Esta dependencia lo llevará a introducirse en el mundo de las drogas, que frecuentará en Nueva York, Nueva Orleans y México. Durante dichas estancias, Lee trafica, roba y hace lo que puede para mantener sus adicciones. En Nueva Orleans, por ejemplo, tiene problemas con la justicia, es detenido y encarcelado. Por eso se marcha a México, huyendo. En el relato, Lee, igual que Burroughs, intercalaba esta vida de adicción, con intentos cíclicos e infructuosos por desengancharse. Sin embargo, al final, la cabra tiraba al monte y Lee volvía a la carga. El final de Yonqui, muy épico, nos deja a un William Lee convertido en todo un Colón de las drogas: viaja a Sudamérica, curiosamente a Colombia, para iniciar la búsqueda de una droga, de la que le habían llegado privilegiadas noticias. Decían de ella que era desconocida pero muy poderosa. No podía acabar de otro modo que como empezó: con más drogas. En Yonqui la droga no es una excusa, es el eje vertebrador de la narración, es el principio, desenlace y final. Pero, sobre todo, es la motivación máxima que lleva a nuestro protagonista a moverse. Por eso, es importante, antes de nada, aclarar lo que “droga” significaba para Burroughs. Para ello, recurrimos a lo que escribe posteriormente en Almuerzo desnudo. Allí aclara que comprende las drogas, clasificadas en dos grandes grupos en función de la dependencia física que generan: “Cuando hablo de adicción a la droga no me refiero al kif, la marihuana o cualquier preparado de hachís, mescalina, Bannisteria caapi, LSD, hongos sagrados ni a ninguna droga del grupo de los alucinógenos… No hay pruebas de que el uso de algún alucinógeno produzca dependencia física. La acción de estas 39 literatura cannábica Burroughs afirmaba que un escritor solo puede escribir sobre lo que está ante sus ojos y pensaba que tenía la función de “aparato de grabar” Portada de Sgt. Pepper’s, de The Beatles, Burroughs es el 26 (Ur Cameras, CC0, Flickr)
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