33 literatura cannábica libro reseñamos en la Cannabis Magazine2, es el responsable de haber acuñado el término “literatura drogada” para definir aquellos relatos caracterizados por narrar la experiencia con sustancias, o las reflexiones y opiniones que estas despertaban en sus autores. Una clasificación que, desde entonces, ha servido para visibilizar todo un subgénero literario en que tienen cabida desde la prosa a la poesía. Lejos de la tratadística de corte científico en materia de drogas, engrosada por escritos preocupados por los hechos y firmados por autores que son químicos, farmacólogos, micólogos o médicos, entre otros; encontramos la literatura drogada, cuyos autores son más artistas y creativos, literatos preocupados por la subjetividad de la experiencia con todas estas sustancias. No obstante, no siempre la separación entre ambas tradiciones ha sido clara sino que, en algunos casos, la línea divisoria se ha disipado o incluso ambas tradiciones han confluido. Sea como fuere, al tratar el tema de la literatura drogada siempre hay dos nombres que se repiten, De Quincey y Baudelaire, y dos libros a los que se alude hasta la saciedad, Confesiones de un comedor de opio inglés(1821) y Los paraísos artificiales (1860). Y es que ya nadie duda de la deuda de cualquier “autor drogado” con estos dos iconos. El primero, De Quincey, a modo de confidencia, nos abrió las puertas a la adicción. Una adicción a la que había llegado desde el dolor y desde el hambre y que lo había conducido a la fragmentación y a la pesadilla. El segundo, por otra parte, nos explica que la sed de drogas no es más que la sed de lo absoluto (el ansia por llegar al paraíso) y que los atajos (drogas) para conseguirlo acaban desvirtuando al individuo (moralmente) y a la consecución de su objetivo3. Pues al final, aquel que tira de vía rápida solo llega a un “paraíso artificial”. La visión moralista de influencia baudeleriana impregnará especialmente la producción también “drogada” de Darío, padre del modernismo en lengua hispana, junto a otras muchas influencias galas, como muestra en Poema del otoño (en Cantos de vida y esperanza, 1905) cuando escribe “huyendo del mal, de improviso, se entra en el mal, por la puerta del paraíso artificial”4. Rubén Darío, padre del modernismo Félix Rubén García Sarmiento. Ese fue el nombre con el que el escritor vendría al mundo en 1867 en Nicaragua, aunque decidiría quedarse solo con Rubén y adoptar el apellido Darío para seguir la tradición de la familia paterna. Se crió con sus tíos abuelos y apenas tuvo relación con sus padres. Su madre se había trasladado a Honduras dejándolo en Nicaragua tras encontramos la literatura drogada, cuyos autores son más artistas y creativos, literatos preocupados por la subjetividad de la experiencia Rubén Darío por Óscar Galo (Hno. Óscar Galo, artista plástico picassiano, CC BY- SA 4.0, Wikipedia)
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