El Cultivador

Era tímido y parece ser que el alcohol le ayudaba con la retórica para envalentonarse a dar una charla, a calmar su espíritu, a evadir lo desagradable de la vida (que era mucho para un ser hipersensible) o era compañero de fiesta. Le acusaron incluso de superar en ebriedad al mismo Baco. Esta relación se dilataría por siempre y, aunque se han señalado ciertos intentos de Rubén Darío por volver a la vida sobria, fue el alcohol el que le mandó a la tumba: “El alcohol acompaña a Rubén Darío durante toda su vida. Es a veces refugio en el que escapar de su dolor de vivir, otras compañero para su locuacidad o protagonista de noches interminables. Luego es tirano que aprisiona su vida, virus que castiga su cuerpo, propiciador de una muerte prematura”9. Él mismo escribiría en El oro de Mallorca (1913-1914), no solo sobre su alcoholismo sino también sobre el dolor de vivir: “Pero, Dios mío, si yo no hubiese buscado esos placeres que, aunque fugaces, dan por un momento el olvido de la continua tortura de ser hombre, sobre todo cuando se nace con el terrible mal de pensar, ¿qué sería de mi pobre existencia, en un perpetuo sufrimiento, sin más esperanza que la probable de una inmortalidad a la cual tan solamente la fe y la pura gracia dan derecho?”10. Es curioso, no obstante, reparar en algo novedoso para su época, y es que Rubén Darío se sabía enfermo de adicción: “Las cosas que me suceden son consecuencias naturales del alcohol y sus abusos: también de los placeres sin medida. He sido un atormentado, un amargado de las horas. He conocido los alcoholes todos: desde los de la India y los de Europa hasta los americanos, y los rudos y ásperos de Nicaragua, todo dolor, todo veneno, todo muerte. Mi fantasía, a veces hace crisis; sufro la epilepsia que produce 36 literatura cannábica Era tímido y parece ser que el alcohol le ayudaba con la retórica para envalentonarse a dar una charla Monumento a Rubén Darío en Buenos Aires (Osmar Valdebenito, CC BY- SA 2.5, Wikipedia)

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