33 literatura cannábica difícilmente encasillable. Modernista, pero no siempre. Realista, pero no del todo. Ha sido en múltiples ocasiones tachado de ser un escritor de frontera: “Quiroga está en las fronteras del modernismo hispanoamericano porque se inició como modernista, porque fue un hombre fronterizo (desde muchos puntos de vista) y porque se alejó conscientemente de la búsqueda interior que emprendieron los modernistas, rechazando todo lo artificial y anhelando un lugar físico (lo encontró en la selva) en el que asentar su atormentado corazón”1. Sus ganas por encontrar su sitio lo llevaron a viajar a París y otros muchos lugares, pero no sería sino en territorio de Misiones, en la selva donde los jesuitas antes se habían asentado para predicar, que lo hallaría. Aquellos expertos que se dedican a analizar su obra defienden que esta es inseparable de su vida. Nació rioplatense (Uruguay y Argentina se disputan su origen) en 1878, para vivir una vida plagada de muerte. Desde que contaba los dos meses y medio ya la tuvo cerca: primero su padre falleció en un accidente de caza, luego su padrastro se quitó la vida, más tarde él mismo mató a un amigo por accidente mientras probaba un arma, posteriormente se suicidó su primera mujer, y hasta él mismo acabó haciéndolo. Su muerte voluntaria en 1937 por cianuro, fue precipitada por un diagnóstico de cáncer. Siguiendo su costumbre, uno de sus amigos y sus dos hijos también decidieron acabar con su vida. La muerte es una constante en su vida y entre las hojas de sus libros. De toda su producción, quizás son los cuentos los que más alegrías y reconocimientos le han proporcionado. Quiroga afirmaba que el cuentista “tiene la capacidad de sugerir más de lo que dice”2. Él debía hacerlo bien, pues es admirado como uno de los mejores cuentistas en lengua española y sus trabajos son considerados fundamentales para la historia del cuento internacional. Bebe de los mejores y mantiene su personalidad: “los preceptos de Poe, pionero en la prescripción de pautas para dominar el arte del narrar moderno, junto a las sutilezas del estilo de Chéjov o Maupassant, gravitan dentro de la concepción quironiana del cuento; no obstante, son paradigmas orientativos, inicio y referencia de su labor”. Su escritura, “como la selva palpitante que se percibe en sus cuentos, es un desafío a la inteligencia y al corazón, un territorio cambiante, inasible a las estrategias de adaptación que el cuentista va desarrollando en el difícil trato con su imaginación”3. De todos sus cuentos, los que nos interesan especialmente son dos: El haschichy El infierno artificial, ambos categorizados por Quiroga como cuentos de la droga, “cuentos de alucinación”, que él mismo define en una carta a su amigo Lasplaces, recuperada por Rocca, así: “He querido darme cuenta de unos cuantos paraísos artificiales, pasando sobre ellos una vez informado. No pruebo jamás alcohol, ni lo he hecho nunca. Lo que puede haber en algunos cuentos de Ruinas jesuíticas guaraníes en Misiones, Argentina (CarlosBrys, CC BY-SA 4.0, Wikipedia) Ruinas jesuíticas en San Ignacio, Misiones, Argentina (rodoluca, CC BY-SA 3.0, Wikipedia) El haschich y El infierno artificial son ambos categorizados por Quiroga como cuentos de la droga, “cuentos de alucinación”
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