El Cultivador

35 literatura cannábica para alucinarme gratamente, lo que conseguí por un tiempo; después me idiotizaba, concluyendo por no usarlo sino en insomnios; lo dejé”. Curiosamente, de todas estas sustancias la que le pareció peor fue el hachís. Advierte, eso sí, que al no poder dar con los ingredientes tradicionales para su elaboración (en oriente, extracto de cáñamo con otras sustancias “poco menos conocidas”), usa “extracto de cannabis indica”, a la venta en farmacias por entonces. Un amigo farmacéutico, se lo despacha en forma de píldoras. Tras agarrar dos de 0.1 centigramos cada una, cuenta que sube a la primera sede del Consistorio del Gay Saber en Montevideo para tomarlas. Allá le espera su amigo médico, Alberto Brignole, que le va a acompañar y vigilar durante el viaje. Después de dos horas a la espera de cualquier síntoma que no llega, Quiroga se impacienta y decide regresar a la farmacia de su amigo y aumentar la dosis. Mantiene que llega a ingerir dos bolillas más de hachís, pero estas de 0,5 gramos. No dicen lo mismo sus propios biógrafos5, que lo acusan de exagerar la dosis: ellos afirman que solo tomó cuarenta centigramos de extracto graso, mientras Quiroga recuerda la cantidad de un gramo y pico, suficiente, según sus propias palabras, “para matar a dos individuos”. A lo mejor exageraba un poco. El asunto es que quería viajar y le dieron alas. Escasa media hora había pasado desde la segunda ingesta, cuando: “de pronto y de golpe los dedos de la mano izquierda se abalanzaron hacia mis ojos, convertidos en dos monstruosas arañas verdes. Eran de una forma fatal, mitad arañas, mitad víboras, qué sé yo, pero terribles”. A las alucinaciones le siguieron otros efectos físicos, como la aceleración del latido del corazón, sensación de angustia, “de dejar la tierra”. Y ya no había monstruos que lo aterrorizaran, sino que su lugar lo había ocupado: “una atención sufridora que se fijaba en cada objeto por diez o veinte segundos, sin poder apartar la vista”. A esto le siguió la calma, ligeramente perturbada por las risas, “largas risas sofocadas, sin objeto alguno”, que eran “más bien fastidiosas por el sin motivo”. Además de la falta de voluntad de movimiento, el cambio de sensaciones térmicas, la risa incontenible o la necesidad de fijar la vista en algo, el peor efecto fue, sin duda, para Quiroga el terror de sentirse morir (como él escribe “sensación exacta de que me moría”): “Quedé solo en el cuarto. ¡Qué veinte minutos! Salí al balcón, tambaleándome, desesperado de morir. Al fin no pude más y me senté en la cama, echado contra la pared, cerré los ojos, creyendo no abrirlos más”. Llegó a llamar a un médico, que se fue como vino, ya que “no había nada que hacer”6. Quiroga sentía que había llegado su hora, pero no. A las alucinaciones le siguieron otros efectos físicos, como la aceleración del latido del corazón, sensación de angustia, “de dejar la tierra” Fotograma de Horacio Quiroga, La muerte lo eligió a él, y él eligió cuándo(bit.ly36zpmyf) Otro fotograma de Horacio Quiroga, La muerte lo eligió a él, y él eligió cuándo(bit.ly36zpmyf)

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