Volvían las alucinaciones animales a abalanzarse sobre él y tuvo que sufrir los envites de un calentador empecinado en atacarle y la presencia incómoda de un Brignole transformado en leopardo verde que le vigilaba. Trece horas estuvo Quiroga de viaje de hachís. Mientras tanto su amigo Brignole no lo estaba viviendo igual. Este aportó sus anotaciones, que fueron añadidas al final de cuento como testimonio científico y aséptico que contrasta con las sensaciones subjetivas de Quiroga. Como Iguiniz bien resume, gracias a este recurso, Quiroga logra “una aleación que oscila entre la fría objetividad del positivismo científico y la primera persona del registro de cuño autoficcional”7. Esta pretensión de objetividad lo aleja precisamente de los escritores modernistas, más interesados en explorar sus mundos interiores. Aunque, como también nos cuenta Herrero Gil, el hachís acaba funcionando más como un espejo de aumento, que nos regresa a los temas principales de Quiroga, a la subjetividad de su existencia: “los miedos que el hachís intensifica y las visiones que la sustancia provoca reflejan algunos de los elementos fundamentales del inconsciente del escritor, que serán también motivos recurrentes en su literatura consciente: el miedo a la muerte, la sensación de vivir en un medio hostil, poblado por seres abalanzantes, y el interés por los animales salvajes, manifestantes de pulsiones primitivas, que anuncian su pasión por la selva” (Herrero Gil, 2012). El infierno artificial Fue publicado como parte de Cuentos de amor, de locura y de muerte(1917). Si en El haschichla meta era describir la experiencia con la sustancia, en El infierno artificial encontramos a un Quiroga más moralista, que pretende con su narración alertar de los peligros de la adicción a la cocaína, de sus terribles efectos. Lo mejor, como no podía ser de otra forma con Quiroga, es su modo de contarlo (por eso hay que leerlo). En resumen, el cuento comienza con un sepulturero adicto al cloroformo que describe “dilata el pecho a la primera inspiración; la segunda, inunda la boca de saliva; las extremidades hormiguean, a la tercera; a la cuarta, los labios, a la par de las ideas, se hinchan, y luego pasan cosas singulares”. Una noche, mientras camina colocado entre las tumbas, encuentra un esqueleto en el interior de cuyo cráneo descubre a un hombre diminuto, arrugado, tiritando y con la mirada enloquecida, pues eso “es todo cuanto queda de un cocainómano”. El hombrecillo, adicto también como el sepulturero (y producto de la alucinación de este), le suplica ayuda para 36 literatura cannábica En El infierno artificial encontramos a un Quiroga más moralista Homenaje a Horacio Quiroga (Horacio Cambeiro, CC BY-SA 3.0, Wikipedia)
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