conseguir algo de cocaína que le alivie las ansias. El sepulturero, por supuesto, empatiza con él y decide solidarizarse trayéndole algo de cocaína del botiquín del cementerio, que inyecta a las fisuras de la calavera. El hombrecillo se amorra a las grietas y se transforma al consumir el néctar de su adicción: “El sepulturero fijó sus ojos a la órbita de la calavera, y no reconoció al hombrecillo moribundo. En el cutis, firme y terso, no había el menor rastro de arruga. Los labios, rojos y vitales, se entremordían con perezosa voluptuosidad que no tendría explicación viril, si los hipnóticos no fueran casi todos femeninos; y los ojos, sobre todo, antes vidriosos y apagados, brillaban ahora con tal pasión que el sepulturero tuvo un impulso de envidiosa sorpresa”. Por lo que parece, era la adicción la que no había permitido al hombrecillo poder morirse a gusto, sino que había alargado su existencia, reduciéndolo a un cuerpo degradado en el que “ardía aún después de ocho años aquella pasión que había resistido a la falta misma de deleite, que ultrapasaba la muerte capital del organismo que la creó, la sostuvo y no fue capaz de aniquilarla consigo”. El hombrecillo, según nos cuenta con su propia historia, fue primero adicto a la morfina y luego a la cocaína. Llegó a ambas sustancias, a raíz de una horrible tragedia familiar, queriendo refugiarse del dolor que esta le produjo. Pero las que fueron primero sinónimo de olvido, comenzaron a causarle horribles alucinaciones. Intentó incluso internarse en un sanatorio y tuvo una relación con una mujer, más joven que él. Pero pronto, el hombrecillo contagió de su adicción a la joven. Ambos se aislaban del mundo para compartir sus momentos de evasión. Eso dotaba a su relación 37 literatura cannábica El hombrecillo, adicto también como el sepulturero (y producto de la alucinación de este), le suplica ayuda para conseguir algo de cocaína Fotograma de Horacio Quiroga, El desterrado(bit.ly2VsuOfY)
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