El Cultivador

de una intimidad que no encontraban por falta de deseo. La dependencia de la droga era tal, que el hombrecillo halló en la muerte la única salida: “¡Para qué vivir, si el infierno artificial en que me había precipitado y del que no podía salir, era incapaz de absorberme del todo! ¡Y me había soltado un instante, para hundirme en ese final! Me levanté y fui adentro, a las piezas bien conocidas, donde aún estaba mi revólver”. La pareja resolvió matarse, pero la muerte no fue consuelo para el hombre: “entonces […] cuando en mi cerebro y en mis nervios y en mi sangre no hubo la más remota probabilidad de que la vida volviera a ellos, sentí que mi deuda con la cocaína estaba cumplida. ¡Me había matado, pero yo la había muerto a mi vez! ¡Y me equivoqué! Porque un instante después pude ver, entrando vacilantes y de la mano, por la puerta de la sala, a nuestros cuerpos muertos, que volvían obstinados”8. La muerte había sido inútil. El ansia de cocaína mantenía al hombre atado por la eternidad a su dependencia. Pues eso, lo que para unos parecían “paraísos artificiales”, a Quiroga le parecían más “infiernos artificiales”, a los que se llega buscando el paraíso, pero de los que ni la muerte te libra. De esta obvia e intencionada oposición de El infierno artificial a Los paraísos artificiales (1860) de Baudelaire, Herrero Gil nos explica que: “para el francés, la adicción a las sustancias derivaba del gusto del ser humano por lo absoluto, por el misterio, y de la errónea actitud de querer acercarse a él por el camino fácil, sin entrenar la voluntad y la disciplina espiritual. Para el rioplatense, la droga (en este caso la cocaína) no sólo no es capaz de acercar al consumidor a paraíso alguno, aunque artificial, sino que lo lleva directamente al infierno, trasciende los límites de la vida, y convierte al adicto en el ser más desgraciado que ha existido”9. Son dos visiones muy opuestas que, sin embargo, coinciden más de lo que a priori puede parecer, sobre todo, en su afán moralizador. La lectura de Quiroga de algún modo complementa a la de Baudelaire. Por supuesto, ambas son obligadas para cualquier interesado en literatura drogada y desgraciadamente inabarcables aquí. Referencias 1. Herrero Gil, M. (2012) Las drogas en el imaginario de los modernistas hispanoamericanos. Conciencia de separación y búsqueda de la unidad (Tesis doctoral). Universidad Complutense: Madrid. 2. Alvarado Vega, O. (2007) “El relato perfecto: teoría del cuento en Horacio”. Revista Espiga, 7 (14), pp. 99-110. 3. De la Rosa, F. (2004) “Cuentos de Quiroga”. Cuadernos del Ateneo, pp. 155-157. 4. Rocca, P. (1996) Horacio Quiroga, el escritor y el mito. Montevideo: Ediciones de la Banda Oriental. 5. Rodríguez Monegal, E. (1967) Genio y figura de Horacio Quiroga. Buenos Aires: Editorial Universitaria. 6. Quiroga, H. (1998) Obras. Novelas y relatos. Buenos Aires: Losada. 7. Iguiniz, M. “Horacio Quiroga: Una fuerte dosis de haschich experiencia, drogas y autoficción”. Tenso Diagonal, 01, pp. 173 -77. 8. Quiroga, H. (1999) Cuentos de amor, de locura y de muerte. Caracas: CEC. 9. Para más información: bit.ly/2VhJEWB. 38 literatura cannábica Lo que para unos parecían “paraísos artificiales”, a Quiroga le parecían más “infiernos artificiales” tadicc (depositphotos)

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