El Cultivador

descripciones de las imágenes aluden pretendidamente a la literatura sobre drogas, nos hablan de De Quincey (Confesiones de un comedor de opio), de los paraísos orientales y de los artificiales de Baudelaire. Quizás como estrategia publicitaria, según sostienen algunos estudiosos, quizás simplemente con el ánimo de parecer irreverente, fue el propio Julio Herrera y Reissig quien ideó esta presentación en la prensa. Al menos, así lo relata el propio Soiza Reilly: “Yo fui a hacerle un reportaje junto con el hermano del aviador Adami, que era quien tomaba las fotos. Cuando este fue a fotografiarlo, Julio dijo: Sería bueno tomarme una fotografía dándome una inyección de morfina o bajo el sueño de la morfina. Pero no teníamos jeringa, y entonces yo fui a la farmacia y compré una jeringa Pravaz y la llenamos con agua, y Julio la puso contra el brazo fingiendo la inyección, y Adami le tomó la fotografía. Después se fingió dormido y tomamos esa otra donde aparece dormido bajo el sueño de la morfina; y la otra en la que aparece fumando cigarros de opio según los preceptos de Tomás de Quincey, la tomamos mientras se fumaba un cigarrillo casero hecho con tabaco Passo Fundo. Julio se reía a carcajadas luego de todas estas cosas, pensando en lo que dirían de sus desplantes. Julio era un gran niño y hacía todas estas cosas para estar a tono con la época”8. Este testimonio, como explica Herrero Gil, “nos deja ver la enorme impostura de Herrera, su carácter provocativo, su deseo de escandalizar a la sociedad, aunque fuera presentándose como un poeta maldito, enfermo y drogadicto” (Herrero Gil, 2012). Pero, ¿qué decía exactamente el texto de la entrevista? Pues, además de retratar a un Herrera y Reissig decadente y solo, parece que a Soiza Reilly lo que más le interesaba es la perspectiva del poeta sobre las drogas, lo que nos lleva a pensar que pudo alentarlo a despacharse ampliamente. Y el poeta contestó: “Yo no soy un vicioso. Cuando tengo que escribir algún poema en el que necesito volcar todo mi ser, toda mi sangre, toda mi alma, fumo opio, bebo éter y me doy inyecciones de morfina. Pero eso lo hago cuando tengo que trabajar. Nada más... Se ha formado entorno mío una leyenda bárbara. No. Yo no soy un vicioso. No soy un fanático. Los paraísos artificiales son para mí un oasis. Una fuente de inspiración... Además, la morfina y el opio me producen un sueño tan encantador, tan plácido, tan celestial y tan divino, que bien vale ese sueño un trozo de mi carne; ¡de mi carne burguesa que conserva aún el asqueroso vicio de comer!... Me dirán que las agonías de De Quincey, de Baudelaire y de tantos otros maestros, son buenos ejemplos para no abusar de los placeres del nirvana; pero a mí ¡qué pueden importarme los consejos de la gente normal que pesa las palabras, que mide las virtudes y que metodiza los espasmos de la médula!”9. 37 literatura cannábica Parece que a Soiza Reilly lo que más le interesaba es la perspectiva del poeta sobre las drogas Thomas de Quincey en una edición inglesa de Confesiones de un comedor de opio inglés (Alainauzas, CC BY- SA 4.0, Wikipedia)

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