El Cultivador

48 aquellos tiempos la vida en ese momento pues, por fin, íbamos a probar las mieles de la droga. Marga sacó de la comisura de sus labios el medio canuto que se estaba beneficiando y se lo dio a Checho, que esta vez no se lo pensó ni un segundo y le dio una calada tan intensa que creí que me dejaría a mí sin nada. Luego le dio otra más rápida y, justo cuando me estaba ofreciendo la chicharra de lo que quedaba, comenzó a toser como un loco, con tan mala fortuna (para mí) que uno de sus esputos tuvo a bien caer sobre mis dedos índice y pulgar, que sostenían aquella ya desvencijada colilla y que tiré, asqueado y de manera instintiva, a un charco. ¡No podía creerlo!, ¡otra vez me había quedado seco! y, por si fuera poco, tenía que aguantar las risas exageradas de Luis y Marga, lo que me hizo sospechar que en esos veinte minutos de “comando canuto” nuestro tesoro habría disminuido considerablemente. Reclamé un recuento del material: lo que quedaba de la china era, según los cálculos aproximados de alguien que como yo que no tenía ni idea, un par de “dosis” (así se hablaba en televisión sobre las drogas en aquellos tiempos). Yo, cabreado, exigí la mía. Marga me puso en la mano un librillo de papel, un pitillo marca “Lolitas”, un mechero y la china. Evidentemente, no sabía liar, pero era una cuestión de orgullo hacerlo, lo había visto varias veces y no debería ser tan difícil. Lo de mojar y abrir el pitillo bien, lo de deshacer el hachís con un mechero en la palma de la mano también bien… pero ya menos. El problema complejo surgió cuando llegó la hora de la verdad y tuve que tirar de inventiva y destreza para hacer eso que en manos del Gallo parecía tan fácil: busqué la parte con pegamento del papel, lo coloqué boca abajo sobre la mezcla de mi mano y cuando giraba la muñeca para voltearlo... ¡una ráfaga de viento esparció sobre los charcos el penúltimo canuto que nos quedaba! Trágico. Ahora los que se reían eran todos menos yo. Al fin y al cabo, Checho ya había fumado. Solo quedaba un porro y debía de aprovecharlo. Así que en otro alarde de madurez interesada le pedí a Marga que, por favor, liase ella el último canuto y que tuviera a bien dejármelo encender a mí. Me miró con un solo ojo (tenía una melena a lo Verónica Lake) y asintió. Cuando estaba a punto de terminar y dármelo aparecieron bajo la lluvia del parque Mongol, Gallo y los demás de su banda. Parecían todos un tanto enfadados pues Gallo había perdido la “china” del grupo. Mongol se acercó a mí y, oliendo como un perro el porro aún apagado que tenía yo en la mano, me dijo en tono amenazante: “Enciéndelo”. Aunque Marga aseguró que el hachís era suyo, la prueba estaba clara: si olía al de ellos, no nos salvaba ni dios de una buena paliza. En ese momento recordé una frase de peli: “Hay acciones que no se pueden añadir o quitar, a veces la única opción es no hacer nada, lo que ha de pasar, pasará”. Miré fijamente a los ojos de Mongol y encendí mi primer largo, deseado y escurridizo canuto. Creo que casi a la primera calada me evadí, cerré los ojos un par de segundos y todo cambió. Escuchaba de fondo a Gallo y aMongol discutir a gritos conMarga ymis amigos sobre la procedencia de hachís, pero sonaban lejanos, absurdos e insignificantes. Yo, mientras, seguía fumando, saboreando lentamente cada calada, aguantando el humo en mis pulmones y soltándolo con parsimonia y elegancia. Al poco rato, empecé a encontrar cómica toda aquella situación y empezó a salirme una risa floja que en breve fue acompañada por Luis, Checho yMarga, y que fue subiendo de intensidad a medida que Mongol y Gallo farfullaban algo a gritos. Supongo que, ante la imposibilidad de intimidar a alguien que te ignora, les dio por discutir entre ellos y de repente empezaron a pegarse. Como teóricamente sabían kung-fu de verlo en el cine, aquella pelea bajo la lluvia empezaba a tomar un cariz surrealista, con intentos de patadas voladoras imposibles y ridículos sonidos guturales y gritos agudos. Naturalmente, al poco rato se olvidaron del kung-fu que nunca dominaron para pelearse como toda la vida y acabar por los charcos del parque enganchados en posturas donde parecían más amantes que contrincantes. Nosotros no podíamos parar de reír descubriéndonos, además, como los auténticos maestros del kung-fu, pues con nuestros conocimientos de filosofía oriental y, ayudados por el humo sagrado, habíamos hecho pelear a nuestros enemigos entre ellos. Una vez separados por sus camaradas, con sus ceñidos vaqueros y sus chupas de cuero llenas de barro, se largaron parque abajo insultándonos a gritos y asegurando habernos perdonado la vida por ser unos estúpidos niñatos. Y era cierto. Allí estábamos, riéndonos sin parar, refugiados de la lluvia bajo una cornisa del parque de Lalín, el último día del invierno del 1986, cuatro estúpidos niñatos ciegos de los porros del Mongol y compañía. Al rato nos despedimos y cada uno siguió, literal y metafóricamente, su camino hacia casa… y en la vida. Y me consta que, aunque todos tuvimos tratos posteriores con múltiples tipos de sustancias, en nuestro caso y desde entonces, siempre hemos seguido fumando hachís con regularidad, buscando, quizá, esa parte de alegría juvenil que ya no volverá; lo cual no quita que, a veces, sigamos riéndonos de nosotros mismos. Y eso en sí mismo ya es un triunfo de aquel primer, largo y escurridizo porro. ¿Se puede pedir más? Mongol se acercó a mí y oliendo como un perro el porro aún apagado que tenía yo en la mano me dijo en tono amenazante: “Enciéndelo” haciendo un alarde de madurez, compostura e interés, decidimos perdonarle la vida en ese momento pues, por fin, íbamos a probar las mieles de la droga franky242 (depositphotos)

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