El Cultivador 10

67 pensamiento psicodélico procederes mágicos, para terminar nadando en su propio mar de lágrimas junto a una curiosa variedad de animales (un pato, un dodo, un aguilucho, un loro y un ratón). Después de disfrutar de dife- rentes aventuras con estos animales, Alicia termina en la casa del Conejo Blanco tomando, de nuevo, una bebida que la hace crecer. En este caso no había nada escrito en la botella, Alicia bebe “por curiosidad”, haciendo cierta alusión a la capacidad de decisión del ser humano. ¿Desde cuándo tenemos que tomar ciertas sustancias sólo cuándo nos lo indica otra persona? ¿No puede juzgar cada cual el riesgo y disfrute, obrando en consecuencia?. Al final de este capítulo unos panecillos mágicos la tornan diminuta y se pierde en un bosque cercano. Es en este momentos del cuento cuando se describe una de las circuns- tancias más psicodélicas, un fragmento visual e inesperado que se convirtió, posterior- mente, en uno de los muchos icono de la psicodelia: “(…) ¡Dios mío! ¡Casi se me había olvidado que tengo que crecer de nuevo! Veamos: ¿qué tengo que hacer para lograrlo? Supongo que tendría que comer o que beber alguna cosa, pero ¿qué? Éste es el gran dilema. Realmente el gran dilema era ¿qué? Alicia miró a su alrededor hacia las flores y hojas de hierba, pero no vio nada que tuviera aspecto de ser la cosa adecuada para ser comida o bebida en esas cir- cunstancias. Allí cerca se erguía una gran seta, casi de la misma altura que Alicia. Y, cuando hubo mirado debajo de ella, y a ambos lados, y detrás, se le ocurrió que lo mejor sería mirar y ver lo que había encima. Se puso de puntillas, y miró por encima del borde de la seta, y sus ojos se encontraron de inmediato con los ojos de una gran oruga azul, que estaba sentada encima de la seta con los brazos cruzados, fumando tranquilamente una larga pipa y sin prestar la menor atención a Alicia ni a ninguna otra cosa. (…) La Oruga y Alicia se estuvie- ron mirando un rato en silencio: por fin la Oruga se sacó la pipa de la boca, y se dirigió a la niña en voz lánguida y adormilada. —¿Quién eres tú? — dijo la Oruga. No era una forma demasiado alentadora de empezar una conversación. Alicia contestó un poco intimidada: —Apenas sé, señora, lo que soy en este momento... Sí sé quién era al levantarme esta mañana, pero creo que he cambiado varias veces desde entonces. —¿Qué quieres decir con eso? —preguntó la Oruga con severidad—. ¡A ver si te aclaras contigo misma! —Temo que no puedo aclarar nada conmigo misma, señora —dijo Alicia—, porque yo no soy yo misma, ya lo ve. —No veo nada —protestó la Oruga. —Temo que no podré ex- plicarlo con más claridad — i n s i s t i ó Al icia con voz amable—, porque para empezar ni siquiera lo entiendo yo misma, y eso de cambiar tantas veces de estatura en un solo día resulta bastante desconcertante. —No resulta nada —replicó la Oruga. —Bueno, quizás usted no haya sentido hasta ahora nada parecido —dijo Alicia—, pero cuando se convierta en crisálida, cosa que ocurrirá cualquier día, y después en mariposa, me parece que todo le parecerá un poco raro, ¿no cree? —Ni pizca —declaró la Oruga. —Bueno, quizá los sentimien- tos de usted sean distintos a los míos, porque le aseguro que a mi me parecería muy raro. —¡A ti! —dijo la Oruga con desprecio—. ¿Quién eres tú? Con lo cual volvían al principio de la conversación. Alicia empezaba a sentirse molesta con la Oruga, por esas observaciones tan secas y cortantes, de modo que se puso tiesa como un rábano y le dijo con severidad: —Me parece que es usted la que debería decirme primero quién es. —¿Por qué? —inquirió la Oruga. Era otra pregunta difícil, y como a Alicia no se le ocurrió ninguna respuesta convincen- te y como la Oruga parecía seguir en un estado de ánimo de lo más antipático, la niña dio media vuelta para marcharse. —¡Ven aquí! —la llamó la Oruga a sus espaldas—. ¡Tengo algo importante que decirte! Estas palabras sonaban pro- metedoras, y Alicia dio otra media vuelta y volvió atrás. —¡Vigila este mal genio! — sentenció la Oruga. —¿Es eso todo? —preguntó Alicia, tragándose la rabia lo mejor que pudo. —No —dijo la Oruga. Alicia decidió que sería mejor esperar, ya que no tenía otra cosa que hacer, y ver si la Oruga decía por fin algo que mereciera la pena. Durante unos minutos la Oruga siguió fumando sin decir palabra, pero después abrió los brazos, volvió a sacarse la pipa de la boca y dijo: —Así que tú crees haber cambiado, ¿no?” Existen tantas interpretaciones de este pasaje del cuento que tampoco quisiera condicionarlo a una sola visión del mismo, la mía. Simplemente insinuar algunas de los argumentos que se ponen sobre la mesa. La oruga interpela a Alicia de formas aséptica y sencilla, es nuestra protagonista quien se pierde en explicaciones inne- cesarias y paralelajes propios de las relaciones interpersona- les. Se pone en evidencia el exceso de subjetividad y egoísmo que sufría el ser social de aquella época y que se prolonga hasta la actualidad. Lo que a Alicia le parecen contestaciones antipáticas son una forma, como cualquier otra, de intercambiar informa- ción. La observadora y objetiva oruga fuma su pipa con calma y lanza una de las preguntas (fundamentada en previos juicios de Alicia) más impor- tantes de la psiconáutica “¿crees haber cambiado?”. Como os explicábamos en artículos anteriores*, la psico- náutica se fundamenta en el estudio de las percepciones ocasionadas por el consumo de ciertas sustancias psicoacti- vas. Cualquier persona que piense volver de este viaje siendo el mismo que era antes de emprender la travesía se distancia esencialmente de los pilares que fundamentan este conocimiento. Curiosamente, es Alicia quien ofende a la oruga cuando afirma no estar conforme con su tamaño, que es el mismo del insecto. A re- gañadientes, la oruga informa a Alicia de que la seta sobre la que está apoyada puede hacerla crecer o menguar según que zona de la misma coma. Es entonces cuando Alicia come de una parte y de otra hasta conseguir el tamaño que considera perfecto. Peculiar, una vez más, que la ingesta de una sustancia se haga para encontrar “la mejor forma de ser” o, al menos, la que más le gusta a Alicia. la única forma que tenemos de disfrutar plena- mente de estos pensadores y sus obras es abrir nuestras mentes por completo e intentar interiori- zar aquello que nos cuentan, haciéndolo nuestro

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